El test de la isla
Texto original: The Island Test, de Paul Graham
Traducido por: Alejandra Jesús García Romero
Ensayo escrito en Julio de 2006
He descubierto un práctico test para averiguar a qué eres adicto. Imagina que vas a pasar el fin de semana en casa de un amigo en una pequeña isla lejos de la costa de Maine. No hay tiendas en la isla y no podrás abandonar el lugar durante ese tiempo. Además, nunca has estado en esta casa antes, así que no sabes si habrá más casas por allí.
¿Qué te vas a llevar a la isla, aparte de ropa y cosas de aseo? Pues aquello a lo que eres adicto. Por ejemplo, si te encuentras guardando en la maleta una botella de vodka (es un caso hipotético), deberías pararte a reflexionar sobre ello.
Para mí, la lista se compone de cuatro cosas: libros, tapones para los oídos, un cuaderno y un bolígrafo.
Hay otras cosas que podría llevarme si quisiera, como música o té, pero puedo vivir sin ellos. No soy tan adicto a la cafeína o a la teína como para echar a perder la estancia en la casa, sólo por un fin de semana.
La tranquilidad es otra cosa. Me doy cuenta de que parece un poco excéntrico llevarme tapones en un viaje a una isla lejos de la costa de Maine. Si algún sitio puede ser tranquilo, debería serlo. Pero... ¿y si la persona que duerme en la habitación de al lado ronca? ¿Y si hay algún niño jugando al baloncesto? (pom! pom! pom!) ¿Por qué echar a perder la tranquilidad? Los tapones son pequeños.
Algunas veces puedo pensar con ruido. Si yo ya estoy involucrado en algún proyecto, puedo trabajar en sitios ruidosos. Puedo editar un ensayo o debuguear código en un aeropuerto. Los aeropuertos no son tan malos: la mayoría del sonido es neutro. No podría trabajar con el sonido de una comedia que transmiten por televisión y que se escucha a través de la pared, ni en un coche en la calle con música "chunda chunda".
Y por supuesto hay otro tipo de ideas, aquellas que surgen cuando empiezas algo nuevo y que requieren completa calma y silencio. Nunca sabes cuándo van a surgir. También es bueno llevarse tapones.
El cuaderno y el bolígrafo son material profesional. Realmente tienen cierto efecto adictivo, en el sentido en que el objetivo principal es hacer que me sienta mejor. Casi nunca vuelvo a leer lo que escribo en mis cuadernos. Es sólo que si no escribo las ideas que tengo, acordarme de una me impide tener la siguiente. El papel y el lápiz hacen que se disparen las ideas.
Los mejores cuadernos que he encontrado los fabrica una compañía llamada Miquelrius. Yo uso el más pequeño, que mide 2.5 x 4 pulgadas. El secreto para escribir en esas páginas tan estrechas es romper las palabras sólo cuando te quedas sin espacio. También uso los bolígrafos Bic más baratos, en parte porque la tinta no traspasa las páginas, y también porque si los pierdo, no me importa demasiado.
Empecé a llevar cuadernos a todos lados hace tres años. Antes de eso usaba cualquier trozo de papel que encontraba. Pero el problema con los trozos de papel es que no están ordenados. En un cuaderno tú puedes saber a simple vista qué significan los garabatos. En la "era" del trozo de papel yo estaba constantemente buscando notas que había escrito años antes de que pudiera decir que necesitaba recordarlas y por qué.
En cuanto a los libros, sé que en la casa probablemente haya libros para leer. Suelo llevarme unos cuatro libros de media en mis viajes y sólo leo uno, porque siempre encuentro libros nuevos para leer durante el trayecto. Realmente traer libros es un seguro.
Me doy cuenta de que esta dependencia de los libros no es muy buena; los necesito para distraerme. Los libros que me llevo de viaje son para aprender y aprovechar el tiempo, el tipo de libros que tienes que leerte cuando estás en la universidad. Pero sé que mis motivos no son esos. Llevo libros porque si el mundo real empieza a aburrirme, necesito ir a otro que haya creado algún escritor. Es como comer mermelada cuando sabes que deberías comer fruta en su lugar.
El hecho es que me las arreglo bien sin libros. Una vez estuve paseando por unas empinadas montañas y decidí que, si estaba aburrido, me pondría a pensar en vez de llevarme cosas innecesarias. No fue tan malo. Descubrí que podía entretenerme solo pensando en mis propias ideas en lugar de leer las de otros. Si dejas de comer mermelada, la fruta empieza a saber mejor.
Así que intentaré no llevarme ningún libro en algunos de mis futuros viajes. Van a tener que arrancar los tapones de mis frías, muertas orejas, sin embargo.
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